martes, 11 de julio de 2017

EEUU NO RECUERDA Y AMLAT NO PUEDE OLVIDAR

Por Manuel E. Yepe

Si de imperialismo se trata, Latinoamérica nunca puede olvidar y Estados Unidos nunca quiere recordar. La peculiar naturaleza de la relación de Estados Unidos con América Latina parte de que fue en esta región donde Norteamérica aprendió a construirse un imperio. De alguna manera, esta conexión antecede a los asentamientos de Jamestown y Plymouth Bay, cuando Inglaterra desarrollaba una tradición del derecho proyectada contra el catolicismo español, considerado oscurantista, mientras emergía una distinción competitiva entre los  proyectos coloniales Anglo e Hispano, o sea entre el protestantismo y el catolicismo, el primero entendido como moderno, el segundo como anticuado.

De este fenómeno trata, en esencia, el profesor de historia en la Universidad de Nueva York y autor de numerosos libros Greg Grandin en una entrevista que bajo el título de “The Empire´s Amnesia” (La Amnesia del Imperio”) publicó el 19 de mayo último el semanario progresista estadounidense “The Nation”.

Las revoluciones americanas, la de Estados Unidos en 1776 y las de las repúblicas hispanoamericanas del siglo XIX, comparten lo que ahora llamamos "excepcionalismo americano", la idea de que el nuevo mundo representa una fuerza rejuvenecedora de mundo. Por ejemplo, Simón Bolívar y Thomas Jefferson creen que las Américas ofrecen al mundo una oportunidad para comenzar de nuevo la historia. Bolívar propone incluso que Panamá fuera la sede de un nuevo gobierno mundial basado en principios republicanos.

Pero en el transcurso de los siglos, Estados Unidos se amplió al oeste y luego hacia el sur, haciendo que este excepcionalismo compartido se dividiera en dos direcciones diferentes, por una serie de razones. Por un lado, los países que eventualmente se llamarían América Latina se proponen obtener la soberanía nacional absoluta y a los derechos sociales -la idea de que el Estado debe crear virtudes públicas. En la otra dirección, los Estados Unidos viene a ser el principal ejecutor de los derechos individuales, especialmente los derechos de propiedad y sostiene a un ideal relativista de la soberanía: básicamente, que sólo la persona responsable o entidad política capaz de proteger los derechos individuales inherentes es digno de la soberanía. Desde este punto de vista, la virtud pública surge de la búsqueda del interés privado, sobre todo, por supuesto, el interés de los propietarios.

América Latina es fuente y portadora de los derechos sociales en el continente. Estados Unidos es quizás el último agente de una versión pura de los derechos individuales. Pureza que ha conducido a una especie de perversión maniática, como sugiere el momento actual.

La doctrina de Monroe, proclamada por el presidente James Monroe en 1823, declaró a las Américas terreno vedado para las potencias europeas. Washington temía que Europa aprovechara del rompimiento de Hispanoamérica con España para proyectar su poder hacia el nuevo mundo. Esa era, según Grandin, la doctrina que Estados Unidos iba a anunciar inicialmente como compartida  con Inglaterra, pero decidió finalmente emitirla de modo unilateral.

Durante años el monroísmo fue símbolo del unilateralismo, el militarismo y el intervencionismo de Estados Unidos. Para escarnio de Latinoamérica se le yuxtapuso al bolivarianismo humanista. Los republicanos hispano-americanos inicialmente pensaron que la doctrina de Monroe les apoyaría en esta posición frente a Europa, argumentando que ofrecía la posibilidad de una forma específica de multilateralismo americano. Pero Estados Unidos, reitera Grandin, interpretaba el asunto diferentemente, entendiendo la doctrina en términos exclusivamente unilaterales para justificar intervenciones en serie desde el siglo XIX hasta la guerra fría y más allá.

Por su parte, los nacionalistas de América Latina elaboraron una noción de "dos Américas", o "nuestra América". Una América Latina integral, espiritual, comunitaria, distinta a la América anglosajona, instrumental utilitaria, estéril, materialista vulgar e intervencionista.

En el curso de la entrevista Grandin aporta argumentos para esta tesis suya en la geopolítica de la Guerra Fría, la integración de un sistema hemisférico dominado por Washington, acomodamiento  de América Latina a los intereses imperialistas de Estados Unidos en el rol de suministrador de materias primas; la integración de la Organización de Estados Americanos como patio trasero de EEUU hasta la conversión de América Latina en una especie de taller de Estados Unidos, para experimentar las diferentes maneras de hacer guerra contrainsurgente con todas las modalidades del terror, desapariciones, torturas, masacres y exilios forzados, diseñados para destruir la relación entre la solidaridad y la individualidad.

Estados Unidos ejecutó, entre 1898 y 1994, más de cuarenta cambios “exitosos” de régimen en América Latina. Tal es la base del modelo neoliberal en un nivel más experimental, concluye Grandin.

La Habana, Julio 10 de 2017

Exclusivo para el diario POR ESTO! de Mérida, México.


REVOLUCIÓN E INSTITUCIONALIDAD EN CUBA

Jorge Gómez Barata 

Cuando en 1975, dieciséis años después del triunfo de 1959, la dirección cubana declaró la intención de cesar la provisionalidad revolucionaria vigente en el plano estatal, e “institucionalizar el país”, procediendo a adoptar una Constitución Socialista, una ley electoral, efectuar comicios a todos los niveles, formar parlamentos en municipios, provincias, y en la nación, y constituir el poder judicial, ello no significó cambios trascendentales.

Los legisladores de entonces no promovieron grandes reformas porque la Revolución las había realizado, sino que implantaron un modelo que codificó las decisiones políticas y económicas adoptadas al amparo del precepto de que “la revolución es fuente de derecho”, principalmente la opción socialista, así como la situación, entonces vigente, caracterizada por profundas transformaciones económicas y sociales.

En 1976, en el contexto histórico, de cara a la realidad y con la cultura política de entonces, el 97,7 por ciento de los electores cubanos convocados a referendo aprobaron el texto.

Cesar la provisionalidad significó además la implantación de un Sistema de Dirección y Planificación de la Economía, que aproximó los métodos y procedimientos para la conducción de la economía cubana a las normas vigentes en los países socialistas, y allanó el camino para la plena integración de la isla al Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME), mecanismo de colaboración de las economías socialistas al que Cuba había ingresado en 1972.

En conjunto la innovación consistió en la adopción del esquema institucional vigente en Europa Oriental que, al conferir al partido, una entidad que funciona a partir de sus propios códigos, el papel de rector de toda la sociedad, incluido el estado, aumentó las atribuciones del liderazgo revolucionario. El asunto no tuvo mayor relevancia debido a que Fidel y Raúl Castro, con la vanguardia revolucionaria que encabezaban, continuaron al frente del proceso.

El ordenamiento institucional adoptado tuvo la virtud de crear fenómenos enteramente nuevos como fueron los órganos del Poder Popular, y un mecanismo electoral que prescindió de los partidos, y elevó el protagonismo del pueblo y de las organizaciones sociales.

No obstante, aunque no se reconocen, a mi juicio hubo defectos, que si bien entonces no eran visibles, han dificultado el desarrollo institucional. Tal fue el caso del establecimiento de una centralización excesivamente rígida, que limitó la autonomía de las provincias y municipios, obvió la separación de los poderes, no esclareció las competencias, y estableció elecciones indirectas, incluso para las autoridades locales.

No obstante, en los ambientes políticos de la época, cuando las prioridades eran otras, y el consenso social construido sobre la base del liderazgo y las metas compartidas eran significativon, las repercusiones reales de aquellos procesos fueron imperceptibles.

El significado de tales decisiones se revela hoy, cuando cuarenta años después está a punto de producirse un relevo generacional que catapultará al poder a figuras menos conocidas y carentes de los avales que tuvieron Fidel y Raúl Castro, en quienes el pueblo depositó una confianza prácticamente ilimitada, y no sujeta a mecanismos de control social ni institucional, cosa que obviamente no será extensiva a todos los que de ahora en adelante gobiernen al país y conduzcan al partido.

A meses de que Raúl Castro deje la presidencia, no existe una idea clara de quién lo sucederá, pues no se trata de un relevo por sustitución reglamentaria, sino de resultados electorales, para los cuales no existen candidatos identificados de antemano. Probablemente ocurra lo mismo en el partido, donde el proceso, aunque puede diferirse unos meses, se presentará cuando el actual Primer Secretario deje el cargo. 

 Ello hace necesario una reforma de la constitución que signifique la redefinición de procedimientos electorales y los mecanismos de toma de decisiones, esclarezca y delimite las competencias del parlamento, el gobierno, y los entes judiciales, y que sea explicita, entre otros asuntos, en el manejo de los fondos públicos, las facultades en materia de defensa, la política exterior, así como la entronización de nuevos métodos y estilos de gobernar.

Debido a que las elecciones son inminentes y el relevo pudiera producirse en cuestión de meses, es probable que los ajustes constitucionales necesarios tengan que ser diferidos. En una coyuntura económica, política y social excepcionalmente compleja, las nuevas autoridades, menos experimentadas y sin la capacidad de convocatoria de que disfrutaron sus antecesores, estarán obligadas a dedicar tiempo y esfuerzo para resolver problemas institucionales que afectarán su propia gestión, y cuyo alcance, una vez puestos a debate, son difíciles de prever.

La naturaleza de la Revolución y la ejecutoria de los líderes que se despiden, excluyen las fórmulas paliativas, los tecnicismos, y las decisiones burocráticas, lo cual sugiere que, en los ajustes por venir, la participación del pueblo será protagónica y decisiva. No existe otra manera. Allá nos vemos.

La Habana, 10 de julio de 2017

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*Este artículo fue escrito para el diario mexicano ¡Por Esto! Al reproducirlo o citarlo, indicar esa fuente